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Sobre los bienes inmuebles de la Diócesis

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Prop de vosaltres (Bisbe Salvador)
Producció
Data publicació: 
30/06/2017

Escribir sobre los bienes de nuestra Iglesia tiene sus riesgos. Puede parecer una defensa a ultranza de los mismos o una respuesta poco atractiva a tantos ataques recibidos durante los últimos meses sobre su propiedad, su mantenimiento o sus finalidades. Me atrevo en pocas líneas a explicar este asunto, con tantas y distintas variantes pastorales, jurídicas y económicas, así como consecuencias que afectan tanto a los pastores como al pueblo fiel, con variadas interpretaciones que oscilan entre el inmovilismo defensivo hasta la descalificación absoluta, con la duda de su pacífica posesión.

Una primera afirmación sobre la propiedad de los bienes: En definitiva son del mismo pueblo cristiano, que durante siglos ha construido templos y ermitas, con el fin de dar culto a Dios y participar, como asamblea, en las restantes dimensiones de la vida cristiana. Hasta hoy mismo es así. Según nuestro ordenamiento legal la propiedad la detenta una figura con personalidad jurídica, como es la parroquia, el obispado, una congregación religiosa o una asociación de fieles.

A cada una de ellas le corresponde su mantenimiento, así como el respeto a la finalidad de su construcción. Una segunda afirmación sobre la utilización de los bienes: Quienes forman parte de la comunidad se benefician a diario de su uso, para celebrar las eucaristías, los domingos, así como celebrar los restantes sacramentos, para las despedidas de los seres queridos, las fiestas patronales y otros actos, los cuales refuerzan las tradiciones de nuestras gentes. En la práctica no existe el derecho de admisión.

A nadie se le pide el carné de identidad para participar de los beneficios y obligaciones de la misma comunidad. La libertad es el distintivo de la posible colaboración. Toda persona que se acerca a una celebración o a la contemplación de una obra de arte es bienvenida, advirtiendo el respeto debido a la dignidad del lugar. Tanto en los pueblos, donde el templo es el edificio más significativo, como en las grandes ciudades, con varios lugares de culto. Una tercera afirmación sobre el mantenimiento y restauración de los edificios: Desde siempre ha sido la comunidad cristiana la que se ha preocupado de su conservación, con las colectas ordinarias o con los donativos de particulares, con aportaciones y campañas destinadas a una finalidad concreta, bien sea de construcción o de restauración, con el trabajo personal de los fieles en la limpieza o la ornamentación y con algún legado destinado para tal finalidad.

En los últimos tiempos se ha recurrido a las distintas administraciones públicas, que han aportado recursos para conservar los templos, como parte integrante de nuestra historia y nuestra tradición. Les agradecemos su interés por el patrimonio común de nuestro pueblo. No tienen ninguna obligación. Algunos responsables nos decían actuar así como un compromiso hacia los creyentes, que son tratados de forma semejante a otras organizaciones sociales, culturales o deportivas. De ningún modo piensan que le hacen un favor a la Iglesia o que favorecen un determinado privilegio. Es una ayuda a sus vecinos en una de sus dimensiones fundamentales, la espiritual.

La comunidad católica, muy reducida e incapaz de acometer elevados proyectos de restauración, no busca un beneficio egoísta. Trata de legar a las generaciones futuras un patrimonio cultural de la que se sienta satis fecha y orgullosa. Sobre todo en poblaciones pequeñas. A pesar de ello, he de reconocer el buen estado de la inmensa mayoría de nuestros lugares de culto y quiero mostrar mi gratitud a todos. No me gustaría que unos casos producidos durante los últimos meses ocultara la gran y meritoria labor de la casi totalidad de comunidades cristianas que contribuyen a mantener el patrimonio de todos.

† Salvador Giménez Valls

Obispo de Lleida