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Mirando el curso que ha acabado

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Prop de vosaltres (Bisbe Salvador)
Producció
Data publicació: 
27/07/2018

Recuerdo el último comentario del curso pasado en el que miraba las vacaciones cercanas y os daba consejos para un buen descanso estival. Era una mirada hacia el futuro que pretendía enfatizar la realidad del descanso en la familia y la importancia de la práctica religiosa.

La mirada de hoy quiere ser retrospectiva. Hemos terminado un curso y mi escrito podría este año acentuar el balance personal y comunitario de las actividades desarrolladas y de las actitudes que, como cristianos, debemos manifestar ante situaciones complejas que hemos vivido juntos en la sociedad y en el interior de nuestra Iglesia. Hemos vivido la tragedia de los inmigrantes y refugiados en el cercano Mediterráneo y la respuesta de la Iglesia y de la misma sociedad ante este hecho. También el asesinato de un niño de ocho años en Almería, que nos ha conmocionado. Nos ha irritado el considerable aumento de los maltratos y violencias hasta la muerte, sobre todo en mujeres, con el consiguiente desamparo de los hijos. Nos hemos rebelado ante las violaciones en grupo perpetradas a mujeres en solitario. Se ha disparado entre los más jóvenes el consumo de drogas y de alcohol. Contemplamos con cierta frialdad el alejamiento de la práctica religiosa por parte de algunos sectores sociales. Además de lo arriba indicado, ha sido un curso socialmente convulso.

Hemos protagonizado y/o hemos soportado un escenario de confrontación. Con la pretensión de remarcar identidades hemos podido caer en el olvido del otro, en el desprecio del semejante o en la indiferencia hacia los hermanos que nos rodean y que conviven con nosotros. Seguramente con ideas distintas, con opiniones contrarias y con acciones que no compartimos. A pesar de todo ello, o gracias a esa pluralidad, los cristianos hemos de anteponer el cariño y la cercanía hacia el otro a la imposición de las propias ideas y convicciones.

Es más importante el amor al otro que la defensa de lo que nos parece más justo. Lo que nace de lo más profundo del evangelio de Jesucristo es el amor, el perdón y el servicio al prójimo. Y un cristiano no tiene más remedio, si quiere ser coherente, que recurrir en su vida a las orientaciones y mandatos del Señor. Ignoro si es a través del diálogo, o del silencio y la oración. Lo cierto es que todos necesitamos recomponer una convivencia fraterna, una unidad en la defensa de la dignidad de todas las personas y un trabajo constante por la comunión dentro de la comunidad cristiana, como servicio a toda la sociedad.

Es una situación que se prolonga demasiado y, sin señalar culpabilidades, esa es una buena razón para dejarnos conducir por el Espíritu como dice san Pablo en su carta a los Gálatas: «En cambio el fruto del Espíritu es: amor, alegría, paz, paciencia, afabi lidad, bondad, lealtad, modestia, dominio de sí. Contra estas cosas no hay ley» (5,22-23).

El mismo manda a los cristianos de Colosas: «deshaceos también vosotros de todo eso: ira, coraje, maldad, calumnias y groserías, ¡fuera de vuestra boca!... os habéis revestido de la nueva condición… donde no hay griego y judío, circunciso e incircunciso, bárbaro, escita, esclavo y libre, sino Cristo, que lo es todo y en todos» (3,8-11). En cualquier circunstancia y en todo momento es posible vivir el Evangelio. Recordad la historia, y os vendrán a la mente situaciones diversas y contradictorias con el entorno: bajo el imperio o en tiempos del feudalismo, bajo tiranías o en sociedades democráticas, con repúblicas o con monarquías. Sintiendo el apoyo de las palabras del Señor: sean mártires o misioneros, padres de familia o solteros, científicos o maestros, jóvenes o ancianos… Como veis tenemos motivos para rezar y para mantener un compromiso personal evangélico.

† Salvador Giménez Valls

Obispo de Lleida